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¿Ateísmo? Se vale dudar

Por: PBRO. LUIS RAMÓN MENDOZA LÓPEZ

“Hasta un ateo necesita a Dios para negarlo”. (Miguel de Unamuno)*

La capacidad de crecimiento interior, para el creyente, también brota de la capacidad de dudar. Cuando nos topamos frente a alguna pregunta existencial en una circunstancia límite, siempre nos asalta el temor de estar cometiendo un pecado, pero la doctrina nos enseña que dudar no es pecado, sino que no solucionar la duda supone el pecado (Cf. CIC 2088). Un claro ejemplo lo vemos en Job cuando se topa frente al dolor de haberlo perdido todo: “Clamo a ti, y tú no me respondes; me presento, y no me haces caso… ¿Cuál es la parte de que Dios envía desde arriba y cómo devuelve el Omnipotente desde lo alto?, ¿no es acaso la desgracia para el injusto, y la prueba para los que actúan con maldad?” (Job 30, 20; 31,3).

La duda es la suspensión del juicio: no se afirma ni se niega algo sino que se abstiene de dar una solución, o pone en juicio aquello que se presenta frente a la persona. La pregunta es la hija mayor de la duda, y todos, todos tenemos preguntas en nuestra vida, especialmente cuando se trata de circunstancias que nos sobrepasan; nadie se ha escapado de perder a un ser querido, nadie se ha escapado de experimentar la angustia de la soledad cuando está frente a una situación de dificultad y no tiene en quién apoyarse. A todos nos ha tocado dolernos hasta de la más mínima infección o resfrío. Es decir, nadie es inmune a las circunstancias de ser humanos, lo cual lleva al cuestionamiento: ¿Por qué el dolor y el sufrimiento? ¿Por qué existo yo si no recuerdo haberlo elegido? ¿Por qué la muerte? ¿Qué hay después de la muerte? (Cf. Fides et ratio, nn. 1, 2).

También para los creyentes estas preguntas son comunes y las respuestas las saben contenidas en la Sagrada Escritura, la Tradición de la Iglesia y el Magisterio; también de la oración en encuentro personal y en el marco de la asamblea litúrgica. Sin embargo, hay personas que no tienen este elemento tan singular, a veces pequeño, minimizado y hasta despreciado que se llama “fe”.

“La fe es aferrarse a lo que se espera, es la certeza de cosas que no se ven” (Cf Hb 11,1ss). Pero la fe es un don que hemos recibido por el bautismo y que hemos ejercitado con el tiempo. Podemos decir que el gimnasio de la fe es el corazón, la intimidad de nuestro ser, como decía San Agustín en las Confesiones: interior intimo meo et superior sumo meo (“más íntimo que mi misma intimidad”). El ejercicio ideal en el gimnasio de la fe es la oración, mas no a todos les resulta este ejercicio para poder comprender el amor, el dolor, el sufrimiento, etc., y deciden hacer el viaje de la vida pensando y asumiendo que no hay un Dios. Lo afirman así porque no le han experimentado como los creyentes, que por eso de alguna manera son -somos- privilegiados.

Este apartado pretende ser una aproximación a aquello que nos pide el Concilio Vaticano II (Cf. Gaudium et spes, 19-21) sobre el ateísmo, para comprenderlo, para saber qué tienen que decirnos muchas personas de las que, finalmente, sus vidas, pensamientos y razonamientos -según mi interpretación personal- son una oración elevada a Dios, una oración que grita con palabras semejantes a las que pronunció el Papa Benedicto  XVI cuando cruzó la puerta del campo de concentración nazi de Auschwitz: “¿Dónde estabas en esos días? ¿Por qué toleraste todo esto?” (Discurso en Auschwitz-Birkenau, mayo 28 de 2006). 

*Citado en Nieto Aguilar, Gilberto. El milagro del comienzo: Una transición de estudiante a profesor. Editorial Palibrio, 2012.

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