Catequesis

A Él sólo darás culto

Vivir la fe

Por: RAÚL SÁNCHEZ K.

Está escrito: Al Señor tu Dios adorarás, sólo a Él darás culto” (Mt 4,10; cf Dt 6,13).

Ya expresamos la exclusividad de Dios como objeto de adoración, la que es repetida muchas veces en la Biblia (Gn 24,48; Éx 34,14; Ez 1,28; Mt 4,10…), y también que la adoración es el primer acto de la virtud de la religión (cf Catecismo de la Iglesia Católica, 2096).

La oración

La adoración es una forma fundamental del acto religioso y también se expresa mediante la oración.

“Los actos de fe, esperanza y caridad que ordena el primer mandamiento se realizan en la oración. La elevación del espíritu hacia Dios es una expresión de nuestra adoración a Dios: oración de alabanza y de acción de gracias, de intercesión y de súplica. La oración es una condición indispensable para poder obedecer los mandamientos de Dios. ‘Es preciso orar siempre sin desfallecer’ (Lc 18,1)” (Ibíd., 2098).

El sacrificio

Etimológicamente, la palabra sacrificio del latín sacrificium (sacrum-facere, hacer sagrado), indica la consagración de una persona o cosa a la Divinidad, acto por el que dicho objeto queda convertido en sagrado.

Por eso, aunque de hecho el término tenga hoy un sentido amplio (vinculándolo por ejemplo a un dolor, una pérdida, una abnegación, un esfuerzo grande, etc.), aparece claro que su noción primitiva está en relación con el culto, refiriéndose entonces a la ofrenda que se hace de un don visible a la Divinidad. El sacrificio es, pues, el acto principal del culto (así la Eucaristía o Misa para los católicos).

Justo y necesario

“Es justo ofrecer a Dios sacrificios en señal de adoración y de gratitud, de súplica y de comunión: ‘Verdadero sacrificio es toda obra que se hace con el fin de unirnos a Dios en santa compañía, es decir, relacionada con el fin del bien, merced al cual podemos ser verdaderamente felices’ (San Agustín, De civitate Dei, 10,6)” (Ibíd., 2099)

Exterior e interior

“El sacrificio exterior, para ser auténtico, debe ser expresión del sacrificio espiritual. ‘Mi sacrificio es un espíritu contrito…’ (Sal 51,19). Los profetas de la Antigua Alianza denunciaron con frecuencia los sacrificios hechos sin participación interior (cf Am 5,21-25) o sin relación con el amor al prójimo (cf Is 1,10-20). Jesús recuerda las palabras del profeta Oseas: ‘Misericordia quiero, que no sacrificio’ (Mt 9,13; 12,7; cf Os 6,6). El único sacrificio perfecto es el que ofreció Cristo en la cruz en ofrenda total al amor del Padre y por nuestra salvación (cf Hb 9,13-14). Uniéndonos a su sacrificio, podemos hacer de nuestra vida un sacrificio para Dios” (Ibíd., 2100).

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