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Yo mejor me quedo

Por qué soy católico

Por: PACO PÉREZ

“¿Ustedes también quieren irse?”… Esa pregunta enérgica, cortante, retadora, ha resonado en las conciencias a lo largo de los siglos. Solicita de cada discípulo una definición clara e igual de contundente.

Fue formulada por Jesús de Nazaret al grupo de los Doce tras generarse aquella situación de conflicto que se conoce como la “crisis de Galilea”, la cual ocasionó que muchos de sus seguidores desertaran escandalizados. El episodio, tenso y emotivo, puede leerse en el capítulo seis del Evangelio de San Juan.

¿Pero qué fue lo que Jesús dijo que hizo desertar a muchos que no habían dudado en aceptar fuertes incomodidades por seguirlo? Ni más ni menos que lo mismo que ahora escandaliza a los protestantes: anunció solemnemente la doctrina de la Eucaristía. Él daría su cuerpo en alimento como un nuevo y más misterioso maná.

“Unos decían: ‘¿Cómo este hombre va a darnos a comer su carne?’. Jesús les contestó: ‘En verdad les digo: si no comen la carne del Hijo del Hombre y no beben su sangre, no viven de verdad. El que come mi carne y bebe mi sangre, vive de vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día'” (Jn 6,52-54).

El asunto ha sido piedra de escándalo y la tensión que se produjo sigue presente hasta nuestros días, dividiendo a los seguidores del Maestro y haciendo a muchos desertar.

Analizando el episodio es imposible no ver que ahí se cocía algo serio. Los seguidores de Jesús se polarizaron en dos grupos definidos por las únicas actitudes posibles ante tan desconcertante discurso.

El primer grupo reaccionó juzgando el contenido a la luz de los criterios humanos formados a lo largo de su vida; criterios sensatos, sin duda, que los llevaba a una ineludible conclusión: “Éste, o nos está tomando el pelo, o se ha vuelto loco de remate”.

El segundo analizó las palabras a la luz del conocimiento que tenían de Jesús: “No comprendemos lo que dices pero te conocemos y confiamos en ti”.

Los protestantes modernos forman un tercer grupo que en ese momento no era posible. Ellos han encontrado la manera de “quedarse” entre los “fieles”, sin necesidad de aceptar las palabras de Jesús. Basta con reinterpretarlas, para lo cual todos se declaran competentes. Ellos inventaron la doctrina de la libertad de interpretación de la Biblia: “No se trata de lo que tú escribes, sino de lo que yo leo”. Los primitivos oyentes no tuvieron ese recurso pues estando Jesús presente no permitiría desfigurar sus palabras y eran tan inequívocas que sólo quedaba tomar postura frente a él:

“Mi carne es comida verdadera y mi sangre es bebida verdadera. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí, y yo en él. Como el Padre, que vive, me envió, y yo vivo por él, así quien me come a mí tendrá de mí la vida. Este es el pan que ha bajado del cielo…” (Jn. 6,55-58).

“Cuando oyeron todo esto, muchos de los que habían seguido a Jesús dijeron: ‘¡Este lenguaje es muy duro! ¿Quién puede sufrirlo?'” (Jn 6,60)

“¡Pues yo no!”, responde un protestante a veinte siglos de distancia, haciéndose eco de aquella protesta inicial y proponiendo una teoría alternativa más light: “El pan y el vino son sólo elementos simbólicos para recordar lo que Jesús hizo por nosotros”.

Las palabras eran duras, ciertamente, ¿pero tenemos nosotros el derecho de ablandarlas cuando Jesús las sostuvo aún a costa de la desbandada? Aquí el protestantismo se planta no en contra de la enseñanza de la Iglesia, o contra algo que inventaran los apóstoles, como quieren hacerlo ver, sino en contra de lo que dice el Señor.

“Desde entonces muchos de sus discípulos lo abandonaron y ya no andaban con él” (Jn 6,66).

Viendo la deserción, Jesús ni se inmutó ni se desdijo. Enfrentó el desconcierto que su discurso produjo aún en el ánimo de sus apóstoles y resuelto les pregunta:

“¿Ustedes también quieren irse?” (Jn 6,67). Fue Pedro el que tomó la palabra para responder: “Señor, ¿a quién iremos? Sólo tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6,68).

Las palabras de vida eterna de Jesús no reñían con el Pan de la vida. Él mismo era la Palabra. Él mismo era el Pan. Bajo especies diversas Jesús permanecería con nosotros…

La aprobación de Jesús fue para los que entendieron sus palabras en sentido literal y las aceptaron aun encerrando un misterio. No se trataba de proponer un conflicto entre la razón y la fe, como si se tratara de cosas opuestas, sino de aceptar que los caminos de Dios nos sobrepasan y sus palabras son siempre verdaderas.

Tampoco se trataba de algo secundario. La Eucaristía estaba destinada a ser el Centro de la vida de la Iglesia. Es el medio sencillo y misterioso, pero grande y luminoso a la vez, que Jesús eligió para estar presente de manera sensible, oculto a los orgullosos pero visible a los sencillos. Ya en otra ocasión había revelado lo engañosos que pueden ser los criterios centrados en la autosuficiencia:

“En aquel tiempo, hablando Jesús, dijo: ‘Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a sabios e inteligentes, y las revelaste a la gente sencilla. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien…'” (Mateo 11,25-26).

¿Qué pasó con los que se fueron? Se disolvieron en multitud de opiniones y fueron dispersados por la historia.

Los protestantes modernos están bien prefigurados por aquellos que se fueron. Los respeto, pero del Evangelio se desprende que es preferible quedarse, al lado de Pedro, con los que toman en serio las palabras de Jesús.

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