Miscelánea

¡Sean mis testigos!

Solemnidad de Pentecostés

Por: CRISTINA ALBA MICHEL

I) La Fuerza que hace testigos

Dice la Escritura: “Recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos… hasta los confines de la tierra” (Hch 1,8). “Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De pronto, vino del cielo un ruido semejante a una fuerte ráfaga de viento, que resonó en toda la casa donde se encontraban. Entonces vieron aparecer unas lenguas como de fuego que descendieron por separado sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo” (Hch 2,1-4).

Hoy es Domingo de Pentecostés, es la fiesta de la Iglesia que se alegra en Jesús resucitado y en el Don recibido del Padre y del Hijo. Fiesta tan encendida de gozo cierra la Pascua del Señor y abre el corazón de los fieles al tiempo ordinario, durante el cual con la Fuerza recibida de lo Alto, han de dar testimonio en la vida diaria. Testimonio, el del católico, de amor, de solidaridad, de alegre esperanza porque el Cielo está abierto sobre nosotros y el Amor de Dios, Dios mismo, se ha derramado sobre la Iglesia sin medida.

El Espíritu Santo ha de ser ese “aire de Jesús” que caracteriza a su familia; debe notarse ese “aire” con el Padre, que es perfecto en la Misericordia: “Sean perfectos, como su Padre es perfecto… sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso”, dijo Jesús, quien también dejó muy claro que “Los he elegido para que den fruto, y su fruto permanezca” (Jn 15,16). Esto es posible por “el Paráclito que yo les enviaré desde el Padre, el Espíritu de la Verdad que proviene del Padre, Él dará testimonio de mí. Y ustedes también darán testimonio” (Cf. Jn 15, 26-27)

II) Amor que impulsa a la misión

Consumación de la Pascua

El día de Pentecostés la Pascua se consuma con la efusión del Espíritu Santo, Don prometido, Persona divina (CIC n. 731).

Este día se revela plenamente la Santísima Trinidad y el Reino anunciado por Cristo se abre a todos los que creen en Él, permitiéndoles participar, desde “la humildad de la carne y en la fe”, en la comunión de la Santísima Trinidad.

Con su venida, que no cesa, el Espíritu divino introduce al mundo a los “últimos tiempos”, esto es, los tiempos “de la Iglesia, del Reino ya heredado, pero todavía no consumado” (CIC n. 732).

Amor de Dios que se derrama

“‘Dios es Amor’ y el Amor, primero de todos los dones, contiene a todos los demás”. ¡Dios nos ama! “Este amor es el que ‘Dios ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado'” (CIC n. 733). Heridos por el pecado, el primer efecto del Don de Dios es la remisión de los pecados. “La comunión con el Espíritu Santo es la que, en la Iglesia, vuelve a dar a los bautizados la semejanza divina perdida por el pecado” (CIC n. 734). Él es primicia de nuestra herencia, esta herencia es la vida misma de la Santísima Trinidad: “amar como Él nos ha amado”.

Él es el principio de la vida nueva en Cristo, que se hace posible porque hemos “recibido una fuerza, la del Espíritu Santo” (CIC n. 735).

Para producir fruto

“Gracias a este poder del Espíritu Santo los hijos de Dios pueden dar fruto. El que nos ha injertado en la Vid verdadera hará que demos ‘el fruto del Espíritu que es caridad, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza’. El Espíritu es nuestra Vida: cuanto más renunciamos a nosotros mismos, más ‘obramos también según el Espíritu'” (CIC n. 736).

En la misión de la Iglesia

Recibido el Espíritu Santo por cada bautizado, éste se convierte en miembro del Cuerpo de Cristo, la Iglesia, y con ella será Templo del Espíritu Santo. Así pues, en la Iglesia se realiza la misión de Cristo y del Espíritu Santo, y también en cada bautizado según su respuesta al Don recibido. “Esta misión asocia desde ahora a los fieles de Cristo en su comunión con el Padre en el Espíritu Santo: El Espíritu Santo prepara a los hombres, los previene por su gracia para atraerlos hacia Cristo. Les manifiesta al Señor resucitado, les recuerda su palabra y abre su mente para entender su Muerte y su Resurrección. Les hace presente el misterio de Cristo, sobre todo en la Eucaristía para reconciliarlos, para conducirlos a la comunión con Dios, para que den ‘mucho fruto'” (CIC n. 737). “Así, la misión de la Iglesia no se añade a la de Cristo y del Espíritu Santo, sino que es sacramento” de esa misión: “con todo su ser y en todos sus miembros ha sido enviada para anunciar y dar testimonio, para actualizar y extender el Misterio de la Comunión de la Santísima Trinidad” a todos los hombres (CIC n. 738).

III. Secuencia de Pentecostés

Ven Dios Espíritu Santo,

y envíanos desde el cielo

tu luz para iluminarnos.

Ven ya, Padre de los pobres,

luz que penetra en las almas,

Dador de todos los dones.

Fuente de todo consuelo,

amable Huésped del alma,

paz en las horas de duelo.

Eres pausa en el trabajo,

brisa en un clima de fuego,

consuelo en medio del llanto.

Ven, luz santificadora,

y entra hasta el fondo del alma

de todos los que te adoran.

Sin tu inspiración divina

los hombres nada podemos

Y el pecado nos domina.

Lava nuestras inmundicias,

fecunda nuestros desiertos

y cura nuestras heridas

Doblega nuestra soberbia,

calienta nuestra frialdad,

endereza nuestras sendas.

Concede a todo el que pone

en Ti su fe y su confianza

tus siete sagrados dones.

Danos virtudes y méritos,

danos una buena muerte

y contigo el gozo eterno.

Amén.

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