Artículos, Escala de Jacob

María, Madre de la Iglesia

Escala de Jacob

Por: CRISTINA ALBA MICHEL

“Si Cristo es la Cabeza de la Iglesia, el Espíritu Santo es su Alma” (Papa León XIII, Divinum illud munus).

Introducción

El 10 de junio celebramos con alegría y por segunda vez la nueva Memoria de la Bienaventurada Virgen María Madre de la Iglesia, establecida en el calendario romano mediante Decreto, firmado por la Congregación para el Culto Divino y Disciplina de los Sacramentos el 11 de febrero de 2018, justo 160 años después de la primera aparición de la Santísima Virgen a Santa Bernadette de Lourdes. A ella le dijo: “Yo soy la Inmaculada Concepción”. Lo es en virtud de su maternidad divina por obra del Espíritu Santo.

La fecha establecida para celebrar a nuestra Madre es el lunes que sigue a la Solemnidad de Pentecostés, uniéndola más -litúrgicamente hablando- a Aquel que se unió a Ella desde el comienzo de su existencia.

Con dicho Decreto Papa Francisco desea que se promueva esta devoción que “puede incrementar el sentido materno de la Iglesia”, tanto en los pastores, religiosos y fieles laicos, como estimular “la genuina piedad mariana” del pueblo de Dios. A continuación, el documento, adaptado y parafraseado para estas páginas:

Madre, de Cristo y de la Iglesia

La gozosa veneración que la Iglesia da a la Madre de Dios, a la luz del misterio de Cristo, no podía olvidarse que María es al mismo tiempo Madre de Cristo y de la Iglesia. Ya San Agustín y San León Magno decían, el primero, “que María es madre de los miembros de Cristo porque ha cooperado con su caridad a la regeneración de los fieles en la Iglesia”; el segundo al decir “que el nacimiento de la Cabeza es también el nacimiento del Cuerpo”, lo cual indica que Ella es al mismo tiempo “Madre de Cristo, Hijo de Dios, y Madre de los miembros de su cuerpo místico. Consideraciones todas que derivan de la maternidad divina de María y de su íntima unión a la obra del Redentor que culminó en la hora de la cruz”, esto es, su corredención.

Por Cristo en el Espíritu Santo

“En efecto, La Madre junto a la cruz aceptó el testamento de amor de su Hijo y acogió A TODOS LOS HOMBRES -personificados en el discípulo amado- como hijos para regenerarlos a la vida divina, convirtiéndose en amorosa nodriza de la Iglesia que Cristo engendró en la Cruz ENTREGANDO el Espíritu”. Al mismo tiempo, en Juan, Jesús eligió a todos los discípulos como “herederos de su amor hacia la Madre”, por eso nos la confía para amarla y honrarla como él lo hace.

Entendemos que si María es Madre de Cristo y de la Iglesia, se debe en virtud de la acción del Espíritu Santo unido a ella desde el inicio primero de su existencia, Espíritu que recibimos en el Bautismo: no tenemos pretexto para no amarla.

Sea honrada como Madre

“María… inició la propia misión materna (recibida el Viernes Santo) en el cenáculo, orando con los Apóstoles”, implorando con ellos, “en espera de la venida del Espíritu Santo… la piedad cristiana ha honrado a María… con los títulos de alguna manera equivalentes de ‘Madre de los discípulos, de los fieles, de los creyentes, de todos los que renacen en Cristo’ y también ‘Madre de la Iglesia'”. Así lo han escrito autores espirituales y el magisterio pontificio de Benedicto XIV y León XIII. En todo ello se fundamentó Pablo VI cuando el 21 de noviembre de 1964, al concluir la tercera sesión del Vaticano II, declaró “a la bienaventurada Virgen María ‘Madre de la Iglesia, es decir, Madre de todo el pueblo de Dios, tanto de los fieles como de los pastores que la llaman Madre amorosa’, y estableció que ‘de ahora en adelante la Madre de Dios sea honrada por todo el pueblo de Dios'” con ese bello título, y el pueblo reconozca en la Iglesia la amorosa solicitud de María: un don y una enorme responsabilidad para actuar en consecuencia.

En el Espíritu Santo, para gloria del Padre

No todos los hijos la han reconocido. Muchos católicos parecen protestantes -incluso pastores- y temen acercarse “demasiado” a la Madre. No consideran que apoyarse sobre su Corazón Inmaculado permite escuchar que éste late por Jesús y ver que en su interior viven las memorias, palabras y acciones de su Hijo. Se les olvida que ese Corazón Inmaculado es “templo, trono y sagrario” de Dios Trino.

Pero, para honrarla como Madre, no sólo hace falta amar a Cristo y desear la voluntad del Padre, también hay que pedir el don del Espíritu Santo.

Honremos a nuestra Madre, Madre de la Iglesia, y pidamos nos alcance de su Hijo y del Espíritu Santo, el don de la unidad de la Iglesia y de la paz entre los hombres, para bien de la humanidad y gloria del Padre. Amén. 

“La Sede Apostólica, especialmente después de haber propuesto una misa votiva en honor de la bienaventurada María, Madre de la Iglesia, con ocasión del Año Santo de la Redención (1975), incluida posteriormente en el Misal Romano, concedió también la facultad de añadir la invocación de este título en las Letanías Lauretanas(1980) y publicó otros formularios en el compendio de las misas de la bienaventurada Virgen María (1986); y concedió añadir esta celebración en el calendario particular de algunas naciones, diócesis y familias religiosas que lo pedían. […] El Sumo Pontífice Francisco, considerando atentamente que la promoción de esta devoción puede incrementar el sentido materno de la Iglesia en los Pastores, en los religiosos y en los fieles, así como la genuina piedad mariana, ha establecido que la memoria de la bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia, sea inscrita en el Calendario Romano el lunes después de Pentecostés y sea celebrada cada año. Esta celebración nos ayudará a recordar que el crecimiento de la vida cristiana, debe fundamentarse en el misterio de la Cruz, en la ofrenda de Cristo en el banquete eucarístico, y en la Virgen oferente, Madre del Redentor y de los redimidos”.

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