Miscelánea

La Santísima Trinidad, música de vida, amor y alegría

Por: CRISTINA ALBA MICHEL

Dios no tiene principio ni final, existe eternamente y eternamente es Trinidad. Esto significa que Dios ES tres Personas eternas.

En esa existencia trinitaria gozosa, misteriosa e incomprensible para el ser humano, eternamente el Padre engendra al Hijo, y del amor mutuo, dinámico y fiel que se profesan el Uno al Otro, nace -también en la eternidad sin principio ni final- el Espíritu Santo, que es el Amor del Padre y del Hijo.

La vida trinitaria es, pues, eterno Dinamismo, eterna Familia, eterna Comunidad de Amor y de Alegría. Es Música creadora de vida.

Este domingo iniciamos el tiempo litúrgico Ordinario, esto es, el caminar cotidiano del pueblo de Dios al encuentro con Él, y nada mejor que comenzar el recorrido reflexionando en el Misterio de la Santísima Trinidad, como la Iglesia nos propone y el Papa reflexiona:

La Santísima Trinidad, “una vida de comunión y de amor perfecto, es origen y meta de todo el universo y de toda criatura”. Esto es, la Trinidad es una Comunidad de Amor que engendra Vida. “En la Trinidad reconocemos también el modelo de la Iglesia, en la que estamos llamados a amarnos como Jesús nos ha amado. Y el amor es la señal concreta que manifiesta la fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, es el distintivo del cristiano”, y si no se lleva ese distintivo, no se es cristiano.

“Es una contradicción pensar en cristianos que se odian ¡Es una contradicción!”.

Dios nos ha manifestado y nos sigue manifestando su amor porque “Él nos es cercano, está siempre a nuestro lado, camina con nosotros para compartir nuestras alegrías y nuestros dolores, nuestras esperanzas y nuestras fatigas”. Tanto nos ama Dios que el Padre envió al Hijo “para que el mundo se salve por medio de Jesús”, y tanto nos ama el Hijo que Jesús lo demostró en la obediencia al Padre y en la fidelidad a los hombres muriendo en la Cruz. “Éste es el amor de Dios en Jesús. Él nos perdona siempre; nos espera siempre”. 

El del Hijo resucitado es el amor del Padre que nunca nos abandona, que se hace presente en la vida diaria, en las penas y gozos, en las dificultades, caídas y errores, en las horas de duda y oscuridad, con la Presencia discreta y suave del Espíritu Santo que sana, unge, endereza, aconseja, ilumina, calienta, conduce, acompaña y santifica. Por este Divino Espíritu Jesús se hace, hoy como ayer, Compañero, Pan partido y Alimento eucarístico.

“El Espíritu Santo, don de Jesús Resucitado, nos comunica la vida divina y nos hace entrar en el dinamismo de la Trinidad”: amor, comunión, servicio recíproco, vida compartida según el testimonio de vida de Jesús.

“Una persona que ama a los demás por la alegría misma de amar es reflejo de la Trinidad. Una familia en la que se aman y se ayudan unos a otros es un reflejo de la Trinidad. Una parroquia en la que se quiere y se comparten los bienes espirituales y materiales es un reflejo de la Trinidad”. El Espíritu Santo -si le dejamos libre en nosotros- nos da ese aire de familia, de la familia de Dios. Seamos como nuestro Dios, música de vida, amor y alegría para los demás.

*El entrecomillado corresponde al Papa Francisco, homilía en la fiesta de la Santísima Trinidad, 2014.

“Todos los domingos vamos a Misa, celebramos juntos la Eucaristía, y la Eucaristía es como la zarza ardiente en la que humildemente vive y se comunica la Trinidad; por esto la Iglesia ha colocado la fiesta del Corpus Christi luego de aquella de la Trinidad. La Virgen María, criatura perfecta de la Trinidad, nos ayude a hacer de toda nuestra vida… un himno de alabanza a Dios-Amor”.

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