Miscelánea

La Eucaristía hizo a Jesús centro de mi vida

P. Óscar Raynal, 50 años sacerdote jesuita

Por: CRISTINA ALBA MICHEL

Chihuahuense, jesuita y sacerdote, Óscar Raynal García, SJ, cumple 50 años en el ministerio sacerdotal el 13 de junio del año en curso. Con este motivo desea compartir con nuestros lectores fragmentos de su vida y vocación religiosa y sacerdotal, que él llama su vocación de “el ser” o vida interior, muy distinto a la vocación de “hacer” o vida exterior. Todos -explica convencido- tenemos ambas vocaciones y de nosotros depende en gran parte que se desarrollen y den fruto. Cuando la del ser es sólida, cuando se cultiva y florece, la otra se fortalece. Todo esto explica de manera sencilla y amena en su breve autobiografía titulada “La vocación de ‘el ser'”, pronto nuevamente disponible en librería Manresa, del Sagrado Corazón de Jesús, Chihuahua. De esta obra, por deseo del mismo padre Raynal, tenemos las respuestas a la presente “entrevista”.

Quién es Óscar Raynal, su familia

“Nací en la ciudad de Chihuahua el 17 de marzo de 1934. Soy el segundo de cinco hijos: cuatro varones y una niña: Héctor Manuel, Carlos Eduardo(+), Juan Federico y Rosa Iris María de Guadalupe. Mi padre, Héctor Manuel Raynal(+), mi madre, Rosa Iris García(+)”. Los abuelos maternos tuvieron una gran influencia en esta familia: “Mi abuelo era un hombre de gran rectitud moral que ejercía una poderosa influencia en sus hijos… Mi abuelita María era una mujer muy dulce”. De su madre señala “era una mujer sumamente hermosa y discreta, dedicada a su hogar y muy presente en la vida de sus hijos”; en cuanto a su padre, “no se medía a la hora de darnos lo mejor. Él murió a los 45 años, en marzo de 1953”. Antes de morir compró un seguro de vida que “permitió que los tres hermanos mayores nos consagráramos a Dios y que nuestra madre y hermanos menores vivieran desahogadamente”.

Muy vago, pero con “gran amor a la Santísima Virgen”

“De niño tenía una tendencia sumamente religiosa, de un gran amor a la Santísima Virgen. Hacía prácticas como si yo fuera sacerdote. Desde entonces he rezado el Rosario [prácticamente] todos los días”, aunque sin dejar de ser niño, pues “por otro lado, era muy creativo para hacer travesuras”, como cambiar el azúcar de las azucareras en la cafetería del entonces Hotel Hilton y rellenarlas de Sal de Uvas Picot, “era grande mi regocijo cuando la efervescencia volcaba todo el líquido de la taza” sobre el pantalón de algún ingenuo cliente.

En la High School “comenzó mi decisión de cambiar”

“Un hecho que transformó mi proceso de crecimiento fue estudiar en una High School en Indiana, la Culver Military Academy. La colegiatura era carísima, razón por la cual mi padre vivió endeudado casi hasta el final de su vida”; por eso “estando en Indiana volví a experimentar cómo mi padre valoraba a sus hijos: no se medía para darnos lo mejor”. Así, estando en Culver, fue que comenzó su decisión de cambiar, de comenzar a disciplinarse.

Terminada la High School en junio de 1951 ingresó a la Academia Militar de West Point gracias a una beca otorgada por los Estados Unidos y para recibirla debió inscribirse en el Colegio Militar de México y ser enviado como cadete mexicano: “En realidad, yo no tengo nada de militar”. Otras fueron sus motivaciones, como “buscar seguridad, ponerme más fuerte, mejorar mi inglés y poder presumir”, reconoce humildemente.

La importancia de West Point

“Tal vez yo no sería jesuita si no hubiera tenido esa oportunidad, o si lo hubiera sido, seguramente no hubiera perseverado… Estando en la academia militar fue notable mi formación de carácter, mi sentido de responsabilidad, la extraordinaria postura de rectitud moral y el gran alimento espiritual; lo más grandioso de West Point era su código de honor”. Y confiesa: “Cuando llegué a la academia, yo solía mentir, copiar y robar. Es muy penoso admitirlo pero es la verdad. Todo el mundo me creía un muchacho decente, aunque no lo era”. Un suceso ocurrido a otros cadetes, 92 chicos que habían violado el código de honor, todos del equipo de futbol americano y algunos de ellos hijos de congresistas, fueron expulsados sin miramientos. “Fue entonces cuando me di cuenta del verdadero significado de la honestidad y decidí jamás volver a mentir, robar o copiar… experimenté un cambio profundo en mi ser, como si algo en mí se fortaleciera y se dignificara”.

Un deseo: ser sacerdote

El 17 de marzo de 1955, día de su cumpleaños y “tres meses antes de mi graduación en West Point como subteniente del Ejército Mexicano, tuve el llamado instantáneo a ser sacerdote jesuita, vocación que jamás se me había ocurrido. ¡La vocación la tuve el día que cumplía mi mayoría de edad!”, que entonces eran los 21 años.

Sacramentos, semilla vocacional

Luego el P. Óscar regresa -en su narración- a su infancia para hablar de los Sacramentos de Iniciación: “En la infancia, lo más trascendente respecto de mi vocación de ‘el ser’ fueron mis Sacramentos de Iniciación”. El Bautismo “fue el momento más importante de mi vida, pues entró en mi ser la Santísima Trinidad”; con la Confirmación “se fortaleció el fruto del Bautismo. Luego de mi primera Comunión [31 de enero de 1941] empezó una relación muy especial con Jesús; se trataba de una amistad muy profunda que se iba a concretar recibiendo a Cristo en la Eucaristía diariamente o siempre que fuera posible. La Comunión diaria duró prácticamente toda mi vida; sólo se interrumpió cuando estuve en la High School”, un colegio protestante.

“En West Point seguí comulgando a diario, lo cual me dio una gran fortaleza espiritual que me impulsó al rezo diario del Rosario, pero ahora de quince misterios. La Comunión me motivó, sobre todo, a vivir un desprendimiento de todo lo material para tener a Dios como el centro de mi vida”.

Pídeme lo que quieras

En las vacaciones de primavera de 1955 “se nos avisó que unos jesuitas habían organizado una tanda de Ejercicios Ignacianos para cadetes y oficiales… Mi dilema era: ir a Nueva York a bailar al Latin Quarter el viernes, musical de Broadway el sábado y juegos mecánicos de Coney Island el domingo; o encerrarme los tres días en la tanda ignaciana. Gracias al desprendimiento de lo material que había experimentado hacía mucho tiempo, pude escuchar al Señor quien me invitaba a dejarlo ejercer su voluntad en mi vida. Antes de la primera plática me encontré con un lugar muy pequeño” donde estaba el Santísimo Sacramento. Cabía una sola persona a la vez. Había un reclinatorio con la leyenda: “‘Estás ante el Señor que te juzgará’. Experimenté la presencia de Dios con inmensa fuerza y me sentí movido a decirle: ‘Quiero hacer un pacto contigo; pídeme lo que quieras a cambio de que yo, algún día, llegue a ser un hombre en todo el sentido de la palabra'”.

Camino al abandono total

“El P. Maugham, SJ, me ayudó… descubrí puras ventajas de consagrarme al Señor. Regresé a la Academia sumamente feliz, con planes de abandonar inmediatamente mi formación militar y no graduarme”.

El capellán le dio razones para graduarse y lo hizo el 6 de junio. En esos días, platicando con su hermano Carlos, le contó “sobre el llamado sacerdotal que él había experimentado”. Ya en México, ambos hablaron con el superior provincial que les aceptó a los dos en el Noviciado jesuita; su hermano entró ese año, “yo, por la obligación con el Ejército Mexicano, tuve que esperar un año”.

En el Ejército descubrió “que si no comulgaba a diario no perseveraría en mi vocación. Todos los días me levantaba a las cinco de la mañana y corría tres kilómetros hasta el Templo de la Compañía… Ahí escuchaba la primera Misa y comulgaba, para regresar corriendo a la escuela militar a dar las clases”. Sin proponérselo, así atrajo a otros oficiales a la fe. “Pero lo más decisivo de este año fue que el 7 de octubre de 1955, primer viernes y fiesta de Nuestra Señora del Rosario, hice una consagración especial al Sagrado Corazón de Jesús a través de María; hice un pacto con ellos de cuidar de sus cosas, mientras que ellos cuidarían las mías. Ese acuerdo se fue transformando en el abandono actual, síntesis de amor profundo y entrega total”.

El mayor miedo: no encontrar a Cristo vivo

“Se fijó mi fecha de entrada al Noviciado para el 7 de septiembre de 1956… Mi mayor miedo era no encontrar a un Jesús vivo y real en mi vida, con quien yo pudiera establecer una profunda amistad. Si no lo encontraba, viviría mi vida religiosa con un vacío que trataría de llenar con apegos, vanidades, búsqueda de poder, sexo, etc. He notado este vacío en muchos sacerdotes, obispos y cardenales. Es terrible no encontrarse con un Cristo vivo; por eso hay tantos clérigos involucrados en escándalos de diversos tipos…

Tal vez Cristo quería llevarme a un encuentro real, no de meras prácticas religiosas como tantos que practican el catolicismo pero no aceptan a Jesús como Señor de sus vidas, ni dejan que el Espíritu Santo sea motor de sus acciones”.

Obstáculos

El nuevo novicio debió superar obstáculos, como una profunda oscuridad y una neurosis. No obstante, la profesión de votos perpetuos de pobreza, castidad y obediencia del 8 de septiembre de 1958 fue “un gran acontecimiento que reafirmó mi compromiso definitivo con la vocación de ‘el ser'”. También la devoción al Sagrado Corazón y la opción por “la amistad con Cristo”, fortalecida mediante “la oración, la Eucaristía diaria… visitas al Santísimo, rezo del Rosario”, caridad al prójimo, etc.

Un día “percibí una extraña energía… invitándome al abandono total. Era una sensación de inmensa paz… como tener un corazón nuevo. Esta experiencia se convirtió en cimiento de toda mi vida… el Espíritu Santo se había convertido en mi guía”. Pero no cayó en la ingenuidad o soberbia, “a partir de este momento necesitaría una dirección espiritual mucho más fuerte y precisa, para evitar las tentaciones del mal espíritu”.

La ordenación sacerdotal

“Después de trece años, desde mi llegada al Noviciado hasta terminar el tercer año de Teología [realizado en Estados Unidos, donde tuvo la experiencia del ‘corazón nuevo’], se me concedió ordenarme sacerdote” en la Catedral de Chihuahua. Era 13 de junio de 1969, día de San Antonio de Padua y 50 aniversario de la segunda aparición de Fátima. Algo significativo para quien siempre ha sido devoto de la Santísima Virgen. “Tuve la enorme dicha y testimonio de que mis dos hermanos sacerdotes celebraran conmigo tanto la Misa de mi ordenación” como el cantamisa “al día siguiente, en la parroquia del Sagrado Corazón”.

Sacerdote, instrumento del Señor

“Se cumplía el llamado de ser sacerdote jesuita. Para mí, el ser sacerdote me convierte en un utilísimo instrumento de la acción del Señor: perdonar los pecados, alimentar el pueblo de Dios y aplicar tantas gracias de los diversos Sacramentos”. La ordenación complementó “maravillosamente lo que realiza el Bautismo y la Confirmación”: el primero introduce al misterio Trinitario, el segundo enriquece los dones del Bautismo, y “la ordenación… me configuró y me ha hecho participar, íntima y continuamente, con Cristo, cabeza de la Iglesia, de modo que pueda convertirme en servidor de ese cuerpo… alimentándolo con los Sacramentos como instrumento del mismo Cristo”.

Del fracaso a la paz

La diferencia entre el ser y el hacer la descubrió en Cuba, a donde “llegué… en junio de 1992. Luego de un año, empecé a sentir un cansancio muy raro. Se debía al choque entre mi gran deseo de evangelizar y la enorme dificultad para concretar cualquier proyecto. Me sentía profundamente frustrado”. A más dificultades, más frustración, a más frustración, más cansancio, a más cansancio, más inútil se sentía. “En mi imaginación desfilaban mis compañeros jesuitas: grandes hombres de gobierno, destacados sociólogos, férreos defensores de los derechos humanos… brillantes maestros”. Él se veía “como un inútil que no hacía sino perder tiempo”.

Pero una noche -diciembre 3 de 1993, fiesta de San Francisco Javier-, fijó “la mirada en un crucifijo colgado frente a mí. Al cabo de un rato de mirarlo, le dije: ‘¡Oye, tú también estás profundamente fracasado!'”. Al final de su diálogo con el Crucificado, “por primera vez en mi vida sentí la diferencia entre ‘ser’ y ‘hacer’. Podía ser un fracasado por no lograr mis objetivos, pero en cuanto al ‘ser’, había tenido éxito porque estaba viviendo una amistad con Él. Ese era mi sueño desde novicio y ahora se había convertido en una realidad plena”.

Con su madre, Sra. Rosa Iris García, un bello recuerdo de 1995.



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