Catequesis

La caridad y el primer mandamiento

Vivir la fe

Por: RAÚL SÁNCHEZ K.

La palabra caridad deriva del latín caritas, que significa benevolencia, amor, cariño, afecto. Los primeros cristianos la usaron para traducir los textos de la Sagrada Escritura en los que se habla del amor que Dios tiene a los hombres o que los hombres deben tener al responder a Dios. De ahí pasó al castellano, donde significa el amor cristiano y sobrenatural.

Amor de Dios

El Antiguo Testamento expresa la noción de amor, con un uso privilegiado en el ámbito religioso. La asociación entre amor y una actividad correlativa y complementaria es constante. Dios ama y protege a Israel, que ama, elige, bendice y multiplica.

En el Nuevo Testamento el amor de Dios se relaciona con la persona misma de Jesús.

Amor a Dios

El hombre ha de amar a Dios. Es un absoluto en todo el Antiguo Testamento. Amar a Dios es reverenciarle y adorarle filialmente, mostrarle agradecimiento; implica un total sometimiento a su querer y una adhesión incondicional y llena de confianza en su bondad y poder. Amar a Dios es, además, venerarle o adorarle cultualmente. 

En el Nuevo Testamento la respuesta del hombre a Dios se expresa también en el precepto de amar a Dios. 

Amor al prójimo

El principio del amor al connacional, a quienes de alguna forma están vinculados con Israel y el mismo trato benevolente hacia los enemigos aparece siempre inscrito en una perspectiva religiosa

En el Nuevo testamento los límites ético-religiosos del judaísmo quedan definitivamente superados.

El primer mandamiento

“La fe en el amor de Dios encierra la llamada y la obligación de responder a la caridad divina mediante un amor sincero. El primer mandamiento nos ordena amar a Dios sobre todas las cosas y a las criaturas por Él y a causa de Él (cf Dt 6,4-5)” (Catecismo de la Iglesia Católica, 2093).

Pecados contra la caridad

“Se puede pecar de diversas maneras contra el amor de Dios.

– La indiferencia descuida o rechaza la consideración de la caridad divina; desprecia su acción preveniente y niega su fuerza.

– La ingratitud omite o se niega a reconocer la caridad divina y devolverle amor por amor.

– La tibieza es una vacilación o negligencia en responder al amor divino; puede implicar la negación a entregarse al movimiento de la caridad.

– La acedia o pereza espiritual llega a rechazar el gozo que viene de Dios y a sentir horror por el bien divino.

– El odio a Dios tiene su origen en el orgullo; se opone al amor de Dios cuya bondad niega y lo maldice porque condena el pecado e inflige penas” (Ibíd., 2094)

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