La Iglesia en las Periferias, Reportajes

La cárcel fue mi lugar de conversión

Testimonio de María Antonia Chavira, hoy integrante de la Pastoral Penitenciaria

Por: PATRICIA CARRILLO GÓMEZ

“Dios tiene la sabiduría para sacar cosas buenas y hermosas de situaciones difíciles como lo es la cárcel”.

Mi esposo y yo fuimos privados de la libertad un 16 de marzo de 1989, cuando  nos acusaron injustamente de fraude en la ciudad de Spokane, Washington. Nos deportaron, y cuando esto sucedió, mi esposo me decía llorando que tenía mucho miedo, ya que pensaba que al llegar a México nos iban a golpear. Yo sentí un poco de temor también, pero confiada en Dios por esa fe que recibí desde niña, abrí la Biblia justamente en la cita bíblica de Tobías 8, 16-17: “¡Bendito seas, Oh Dios!,  por todos los siglos, seas bendito por haberme colmado de gozo, no ha sucedido lo que yo temía, sino que nos has tratado según tu gran benevolencia y has tenido compasión de dos hijos únicos, ten piedad de ellos y dales tu gracia y protección y que toda su vida tengan buena salud y gozo y vivan en tu gracia”. Le dije a mi esposo que tuviera calma, que no iba a pasar nada y que tuviera fe. Al llegar a Chihuahua nuestro expediente decía: “No tocar, directos a la peni”.

Al día siguiente por la mañana  nos llevaron a la Penitenciaría del Estado y al ficharme sólo le dije a Dios que Él sabía que éramos inocentes y que confiaba en su voluntad.

A mi esposo lo llevaron al área de hombres y yo al femenil. Una custodia me aconsejó que no me involucrara con nadie. Pocos días después me enteré de que mi esposo se había evangelizado, algo que me sorprendió, ya que a él no le habían fomentado mucho la fe en Dios. Comprendí también que él estaba muy arrepentido por una situación mala que había vivido tiempo antes. Afortunadamente los domingos teníamos la oportunidad de juntarnos como matrimonio dentro del penal. Él siempre me pedía que lo perdonara. Pero yo no accedía, pues aquella situación me había causado gran dolor que mi alma cargaba todavía.

Poco tiempo después, una de las internas fue a mi celda y me invitó a rezar el Santo Rosario todas las noches. Pude conocer a muchas mujeres que sentían la gran necesidad de pedir continuamente la intercesión de nuestra Madre María. No obstante, luego de un tiempo empecé a perder la esperanza de poder reunirme con mis dos hijos que se habían quedado de un solo golpe sin sus dos padres, y Dios empezó a pasar a segundo plano en ese encierro, sintiéndome abandonada por Él.

Meses después me quedé embarazada y le decía a mi esposo que tenía miedo de perder al bebé, por mi situación. Entonces me acerqué a la gente de la pastoral penitenciaria los domingos, cuando iban a celebrarnos Misa. Mi esposo y yo íbamos juntos. En ese entonces él ya cantaba en el coro, ese día me entregué a Dios y a su servicio, pidiéndole que me hiciera un instrumento suyo para alabarle y servirle también, formando a partir de ahí parte de ese ministerio. Al poco tiempo nos avisaron que se realizaría un retiro de evangelización para mujeres. Asistí. Ahí le pedí a Dios que limpiara mi corazón para que Él pudiera obrar en mí, recordando muchas situaciones de violencia familiar que viví de niña a causa de mi padre y el rencor que aún sentía también por mi esposo. En ese retiro estuvimos 12 internas. Lo vivimos muy intensamente. Yo sentí que Dios obraba en mí.

Sentí gran necesidad de hablar con mi papá y reconciliarme con él, y lo hice. También perdoné a otras personas que no había perdonado aún.

En marzo de 1990 nació mi hija dentro del penal y ese mismo año en la Misa de Pentecostés, toda la familia acudimos, mis hijos de visita, mi bebé recién nacida, mi esposo… El padre en la homilía habló de la venida del Espíritu Santo, de que Jesús está vivo. ¡Hacía un calor insoportable!, pero las palabras del sacerdote se quedaron en mi mente. Le pedí a Dios que se apiadara de mí y me ayudara a estar fuera de ese lugar con toda mi familia.

Un año después yo seguía cuestionándome por qué esa injusticia. En ese tiempo falleció mi papá, haciendo mi soledad más grande. En una Misa dominical, el padre dijo que en ocasiones Dios poda con gran sufrimiento para que demos fruto: recobré un poco de esperanza y fuerza.

En 1992 llegó la sentencia: ¡40 años por fraude! Nos derrumbamos. Yo tenía revuelto todo mi ser pensando en todo el tiempo que estaríamos alejados de nuestros hijos y me volví a derrumbar. Con mi hija en brazos me regresé a la celda y la trabajadora social me dijo con esperanza que Dios no nos da una cruz que no podamos cargar, que no perdiera la fe.  Tiempo después tuve un sueño en el que una voz me decía: “si no tenemos piedad con nuestros enemigos, Dios tampoco la tendrá con nosotros”.

Al domingo siguiente mi esposo me dijo que ya había contrademandado y que no se iba a quedar tranquilo hasta que saliéramos de ahí. Le conté mi sueño y no me hizo caso. A partir de ahí ofrecí todo mi trabajo, oración, Misas y sacrificios por él para que tuviera paz en su corazón. Esto dio sus frutos, y mi esposo dijo que iba a dejarse llevar por la misericordia de Dios y a retirar la contrademanda para tratar de tener paz.

El viernes 13 de octubre de 1992 llegó la apelación a nuestro favor. Nos rebajaron la sentencia de 40 años a cinco para mí y diez para mi esposo. Ese año, en diciembre 15, salí libre para gloria de Dios.

Hoy agradezco a varios sacerdotes que estuvieron presentes en este duro proceso, a la pastoral penitenciaria que me ayudaron a no perder la fe y la esperanza. Comprobé nuevamente que para Dios no hay imposibles si hay conversión de nuestra parte y un arrepentimiento sincero.

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