Artículos, Por qué soy católico

A testigos confundidos, sordos oídos

Por qué soy católico

Por: PACO PÉREZ

“A palabras necias, oídos sordos”, dice el refrán, pero el caso de aquellos Testigos de Jehová que me visitaron no es tanto por necedad sino por confusión. Se pierden en cosas secundarias y minimizan la importancia de aspectos esenciales, se fijan más en el envase y desprecian el contenido, le dan gran valor al nombre y relegan a la persona.

Hay que insistir en que el nombre Yahvé (“Yo soy”), que ellos erróneamente transcriben como “Jehová”, tuvo gran importancia por el papel pedagógico que jugó en la formación del pueblo de Israel. Tuvo éste que aprender que su Dios no era uno más entre los dioses de los pueblos vecinos, que no era sólo el más fuerte, el más poderoso, el más cercano, el más compasivo, sino el único Dios: Yo soy el que soy.

En el nombre de Dios

Ahora entendemos que, cuando hablamos de Dios, estamos hablando de ese único Dios y por lo tanto ya no necesitamos más nombre. Lo vemos con claridad cuando constatamos que el término ‘Yahvé’ no se usa ya en ninguna parte del Nuevo Testamento.

Pues bien, cuando les mencioné que tener un nombre para Dios era de escasa relevancia en nuestros días porque entendemos que sólo hay un Dios, ellos me replicaron que estaba en un error y que el nombre de Dios es tan importante que uno de los mandamientos ordena no tomarlo en vano y en el Padrenuestro pedimos que sea santificado. Pregunto: ¿Y cómo vamos a santificar un nombre que ni siquiera sabemos cuál es? O, ¿cómo se santifica el nombre de Dios y qué quiere decir tomarlo en vano?

Cuando uno platica con Testigos sobre esto se hace necesario explicarles que la expresión “nombre de Dios” significa “lo que Dios es”: No se refiere a una palabra en específico sino al mismo Dios. Lo que se nos pide es un singular respeto y una actitud de veneración, no a un conjunto de letras sino a ese Ser que nos trasciende y nos envuelve, y a todo lo que reviste un carácter sagrado, como aquel suelo que pisaba Moisés.

El lenguaje está lleno de modismos que forman parte de él y necesitamos conocer para entendernos. Así, cuando un pretendiente “pide la mano” de su novia entendemos que no se refiere tanto al cuarto segmento de una de sus extremidades superiores o torácicas sino a su persona; tampoco debemos imaginarnos que lo que el pretendiente desea es colocar la mano disecada de su novia en la repisa de la chimenea para hacerla objeto de veneración. Les pregunté entonces si acaso ellos hacían un letrero con la palabra “JEHOVÁ”, lo ponían en la repisa y luego le prendían una veladora, ¿o de qué manera se santifica el nombre de Dios?

¡Tómala!

Respondieron que ellos estaban de acuerdo en que honrar el nombre de Dios significaba honrar al mismo Dios, y no a una palabra hablada o escrita. Me sorprendió que pronto cedieran en un tema que tradicionalmente era tan fundamental, porque afecta de manera directa no al nombre de Dios sino al nombre de ellos como organización. Pero me confesaron que su preocupación era otra, cambiando el enfoque de la conversación:

–Nos da gusto que esté tan informado -me dijo el que llevaba la voz cantante-, pues hay mucha ignorancia al respecto y por eso andamos visitando a todos sus vecinos. No me lo va a creer, pero la mayor parte de las personas, cuando les preguntamos cuál es el nombre de Dios, nos dicen que Jesucristo.

–No creo que anden tan errados -les dije-. Jesucristo es el Hijo de Dios hecho hombre.

–Exacto -exclamó-. Usted lo ha dicho muy bien: Jesucristo es el Hijo de Dios, y no Dios; es lo que nosotros enseñamos. La gente anda muy confundida porque les enseñan muchas mentiras pero la Biblia es muy clara al respecto.

–Sí, es cierto que hay una confusión en eso -le dije-. Les pido que me den la oportunidad de explicar dónde creo yo que está la confusión, y luego les prometo que también les oiré atentamente y consideraré todo lo que quieran decirme al respecto.

Hice justo lo contrario de lo que recomiendo.

–Es un trato -me dijeron encantados-. Lo oiremos con gusto.

–Bien. Hay que considerar por principio de cuentas lo que significan las palabras ‘naturaleza’ y ‘persona’. Me parece que no distinguir entre ellas es la fuente de la confusión. Por ejemplo la palabra ‘hombre’ no designa a una persona en particular sino una naturaleza: la naturaleza humana.

La palabra ‘Dios’ tampoco designa a una persona sino a una naturaleza. Dios es un ser de naturaleza divina, así como ser hombre significa tener naturaleza humana.

Tener un hijo significa trasmitir una naturaleza. Si tú tienes un hijo, éste será una persona distinta de ti, pero tendrá tu misma naturaleza: la naturaleza humana.

Ser hijo significa recibir la naturaleza del padre: El hijo de un tigre será por fuerza un tigre y por eso pintito; el hijo de un gato será gato, es decir, tendrá naturaleza gatuna; el hijo de un hombre será hombre y el Hijo de Dios es necesariamente Dios. El Padre y el Hijo son personas distintas pero participan de la misma naturaleza divina.

En cuanto a Cristo, en la Escritura es llamado “Hijo de Dios”, pero también y con mucha frecuencia “Hijo del Hombre”. Esto significa que en Cristo hay dos naturalezas: divina y humana. En otras palabras Cristo es Dios y hombre verdadero. Dios eterno, por parte de padre; hombre, en la historia, por parte de madre.

Él es la piedra desechada por ustedes, los arquitectos, que se ha convertido en piedra angular. En ningún otro se encuentra la salvación, ya que no se ha dado a los hombres sobre la tierra otro Nombre por el cual podamos ser salvados (Hechos 4,11-12).

Lo que me contestaron los Testigos otro día se los platicaré. Adelanto que se sintieron algo desconcertados pues ellos no quieren que Cristo sea Dios.

¿Tienes duda sobre tu fe católica? ¿Alguien está tratando de convencerte para que la abandones? ¿Tienes algún pariente o amigo que está en esta situación y quieres ayudarlo? ¿No eres católico y te interesa conocer la fe católica? NOSOTROS TE AYUDAMOS: Dimensión Diocesana para la Defensa de la Fe. Escríbenos a: dudasdefe@hotmail.com

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