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A propósito de la fiesta de Corpus

Por qué soy católico

Por: PACO PÉREZ

Supe de un pastor que dijo

que en la Biblia no se dan

cristianos que amen el pan

que Cristo partió y bendijo.

Tal vez no la leyó bien

o no lo quiso creer

ya que su fe suele ser

al gusto de cada quien.

Dos amores

Se puede decir, sin exagerar, que los dos grandes amores de la Iglesia a lo largo de los siglos han sido la Escritura y la Eucaristía. De ellas vive y se nutre sin cesar, aunque un formidable y tenaz oponente pretenda hacernos creer lo contrario.

El libro de los Hechos de los Apóstoles da constancia clara de que la práctica de la Iglesia naciente se centraba sobre esas dos columnas: la palabra y el pan: “Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones” (2,42).

“La fracción del pan”

Fue el primer nombre que recibió en la historia la Eucaristía. No se trataba de un pan cualquiera; el mismo San Pablo, en la Primera Carta a los Corintios, detalla y norma la práctica que se advierte ya era una práctica común:

“Yo recibí del Señor lo que les he transmitido: que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, y después de dar gracias, lo partió diciendo: ‘Éste es mi cuerpo que será entregado por ustedes; hagan esto en memoria mía’.

Del mismo modo, tomando la copa después de cenar dijo: ‘Este es el cáliz de la Nueva Alianza en mi sangre. Siempre que beban de él háganlo en memoria mía’. Pues cada vez que comen de este pan y beben de la copa, anuncian la muerte del Señor, hasta que venga. Por tanto, quien coma el pan o beba la copa del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Por eso, que cada uno examine su conciencia antes de comer del pan y beber del cáliz. Pues quien lo hace sin discernir, come y bebe su propia condenación” (1Cor 11,23-28).

En resumen, el libro de los Hechos de los Apóstoles y la Primera Carta a los Corintios dan testimonio de que la Iglesia efectivamente creía a Jesús y vivía de lo que Él, según narran los Evangelios, dejó como testamento, prenda de la nueva alianza: su Carne y su Sangre. Esa solicitud que se muestra por el respeto y estimación por el Pan eucarístico ha permanecido idéntico en la historia.

Desde entonces no hay siglo, de los veinte que han transcurrido a partir de los albores del cristianismo, que no esté lleno de las expresiones (testimonios, discursos, escritos, cantos, poesía, arquitectura), en las que los cristianos de todos los tiempos vertieron su alabanza hacia ese misterio central de su fe.

Qué dicen las lumbreras del cristianismo

San Ignacio de Antioquía (siglo II), en su Carta a los Efesios, escrita camino del martirio, lo llama “pan de los ángeles, pan del cielo, medicina de inmortalidad” (Eph 20,2).

San Agustín (siglo V), expresa: “Te doy gracias … por el santo misterio de tu cuerpo y sangre con que cada día en la Santa Iglesia somos apacentados, consolados, lavados, santificados y hechos partícipes de tu divinidad” (Meditaciones, p. 297).

Santo Tomás de Aquino (siglo XIII) compuso al Sacramento el Tantum Ergo, uno de los himnos más profundos y bellos de la historia.

El Kempis (siglo XIV), atribuido a Tomás Hemerken de Kempis, contiene extensas meditaciones, “porque esto, Señor, obra tuya es y no humano poder. Es sagrada ordenación tuya, y no invención de hombres” (Kempis, IV, IV).

No pretendo, porque no es posible en un espacio reducido, ofrecer ni la más remota idea de lo que la Eucaristía ha significado en la historia de la Iglesia: es su centro y su razón, “fuente y culmen de toda la vida cristiana” (Lumen Gentium, 11).

Qué dicen los protestantes

Esto contrasta notablemente con el desdén que se observa en el mundo protestante hacia el Pan de la vida. Fue a partir del siglo XVI que se produjo en la cristiandad una ruptura que hizo que muchos se alejaran de la Iglesia; al hacerlo, se quedaron sin la Eucaristía y tuvieron que inventar algunas teorías interpretativas.

En evidente contradicción con San Pablo, un protestante afirma: “La sangre de Cristo vertida en la cruz se da en el Calvario, no en el Cenáculo, y así, los cristianos del Evangelio permanecemos comunicados con él en nuestro corazón, sin necesidad de una hostia”.

Resulta que un pastor, en un escrito, la tomó contra el Papa Julio III (número 221 en la sucesión petrina); el motivo de su enojo: el Papa decretó una medida para honrar con singular veneración y solemnidad a Jesús presente en el Pan eucarístico, pues según él afirma “no hay indicios históricos, ni mucho menos bíblicos, en donde se asiente que los primeros cristianos adoraran el pan”.

Como vimos, sí los hay. La historia de la Iglesia está llena de ardiente celo y amor por la Eucaristía. La razón que explica el enfado de aquel pastor por la festividad instituida por el Papa es muy sencilla: no cree en Jesús cuando dice: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. El pan que yo daré es mi carne, y la daré para vida del mundo” (Jn 6,51). Tampoco cree en Jesús cuando le dice a Pedro: “Lo que ates en la tierra será atado en el cielo” (Mt 16,19), que alcanza, creo yo, para que el Papa instituya la fiesta de Corpus.

Si dicho pastor creyera de veras a Jesús, su disgusto desaparecería. La clave de su enfado está en la falta de fe. Pero hay un detalle en su actitud que sí me desconcierta: ¿Para qué defender con tanta pasión lo que pudiera haber o no en la Biblia, si no se le cree a Jesús?

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