Artículos, Por qué soy católico

Nombres oímos, corazones descubrimos

Por qué soy católico

Por: PACO PÉREZ

Recibí una visita de ya saben quién y se me fue la sangre a los pies. Últimamente he escrito algunos artículos en su contra y pensé de inmediato en represalias o reclamaciones pues, aunque se trata de gente civilizada, de amor y paz, no me negarán que una visita de bulto y en persona es como para sacar de balance a cualquiera. Sólo se me hacía raro que alguien hubiera ido con el chisme y tan pronto me tuvieran identificado y localizado. De repente pensé en lo eficientes que son ahora los servicios de inteligencia, aunque luego descarté que se tratara de algo inusual o fuera de su acostumbrada rutina. Decidí enfrentar la situación con ánimo sereno.

En fin, no era la primera vez que me visitaban los Testigos de Jehová.

–Oiga: ¿Usted sabe cómo se llama Dios? -me preguntó uno de ellos una vez que me explicó que andaban visitando a la gente del barrio para llevarles un mensaje. Nada nuevo pues se trata de uno de los formatos oficiales de apertura de la visita.

Ante pregunta tan “destanteadora” no se me ocurrió más cosa que contestar con otra igual:

–¿De qué sirve saber el nombre de Dios? ¿Para qué sirven los nombres? ¿Qué importancia tienen? -me atreví a preguntarles un tanto desconcertado.

Cierto que ellos se presentaron con sus nombres y yo les di el mío. Esto lo consideramos como una actitud cortés, una señal de buena educación, pero es necesario entender que el simple nombre no nos revela las intenciones del corazón. Para esto es imprescindible el trato íntimo, frecuente, cordial.

Aquí entre nos, es bueno reflexionarlo: ¿Para qué sirve un nombre? Es algo como añadido que no altera el ser ni el valor de una persona. Su utilidad consiste en que nos permite referirnos a un individuo, distinguiéndolo de otros de su misma especie; es decir, nos permite individualizar a un sujeto. Un nombre es como una etiqueta que colocamos a alguien para su identificación.

Sé de una niña que tuvo conejos como mascotas y mientras fueron varios necesitó de nombres para distinguirlos. Los llamó Bruno, Robin y Manchas. Así podía preguntar: ¿ya comió Bruno? Pero cuando quedó sólo uno ya el nombre no era necesario. Simplemente bastaba con: ¿ya comió el conejo?

Así es con Dios. No necesitamos un nombre para referirnos a él cuando entendemos que es el único Dios.

Un solo Dios

Tener un nombre para su Dios era muy importante para los israelitas porque permitía distinguirlo entre los muchos dioses que en su tiempo había. A lo largo de su historia cada tribu confeccionaba sus propios dioses con las nociones que había ido intuyendo acerca de la divinidad. Junto con una acertada idea de fondo se mezclaban rasgos antropomórficos y en ocasiones hasta de los más deplorables. En la Biblia se mencionan por su nombre innumerables de estos dioses tribales que compitieron con el Dios de Israel; algunos eran de manga ancha y llegaron a ser más atractivos para algunos judíos que el mismo Yahvé, como sucede ahora con los ídolos.

Por eso, cuando en el principio de su historia el pueblo de Israel era esclavo en Egipto y Dios se apareció a Moisés en una zarza ardiente para darle la encomienda de liberarlo, fue necesario cuestionarlo. En principio Dios tuvo que identificarse como el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, los padres de su pueblo; pero Moisés, conociendo a su gente, sintió necesidad de pedir más garantía y mayor precisión:

“Moisés replicó a Dios: ‘Mira, yo iré a los israelitas y les diré: el Dios de sus padres me ha enviado a ustedes. Si ellos me preguntan cómo se llama, ¿qué les respondo?’. Dios dijo a Moisés: ‘Yo Soy. Esto dirás a los israelitas: Yo soy me envía a ustedes'” (Ex 3,13-14).

“Yosoy”

La respuesta de Dios contenía mucha más profundidad de la que Moisés en aquel momento era capaz de captar. Él estaba preocupado por la encomienda y sin más averiguaciones tomó el “Yosoy” como bueno y así se le quedó. “Yosoy”, en el lenguaje de Moisés, sonaba como “Yahvé”, y los Testigos que me visitaron pronuncian “Jehová”.

Lo que Dios estaba diciendo a Moisés tendría que irlo asimilando el pueblo de Israel a lo largo de su historia: “Yo soy el verdadero; no necesito nombre porque soy el único Dios. Yo soy la razón de la existencia y no requiero explicaciones; simplemente Yo soy”.

En la plenitud de la Revelación

Esto nos lleva a decir una palabra sobre la Revelación. Los pueblos antiguos, como ya se dijo, tenían divinidades que habían ido formando según sus intuiciones acerca de Dios. Por su parte, los filósofos se habían planteado cuestiones profundas acerca de Él y todo esto, a unos y otros, les representó tiempo y esfuerzo. La Escritura señala que “los dejó que buscaran por sí mismos a Dios, para ver si lo descubrían aunque fuera a tientas y lo encontraban, porque no está lejos de cada uno de nosotros” (Hech 17,27). Pero los israelitas, entre todos los pueblos, no tuvieron que hacer esfuerzo alguno para llegar a conocer los misterios de Dios: simplemente Dios se los reveló.

Que no tuvieron que hacer esfuerzo es un decir, porque de hecho era un pueblo rebelde y de cortas entendederas. Y tuvo que pasar mucho tiempo para que ellos, que decían saber el “nombre” de Dios, llegaran a conocer realmente el “corazón” de Dios.

Esto se realizó en Cristo, la plenitud de la Revelación, el Dios que se hizo hombre, aunque muchos de su pueblo no lo recibieran y ahora los Testigos de Jehová tampoco.

De momento nada de esto pude explicarles; sólo llegué hasta la pregunta sobre los nombres ¿para qué sirven? y por un buen rato ya no me dejaron hablar. Lo que me respondieron me sorprendió pero ya lo platicaré en la próxima ocasión.

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