Comentario al Evangelio

La Hora de Dios

COMENTARIO AL EVANGELIO DEL V DOMINGO DE PASCUA

Por: MONS. LUIS CARLOS LERMA MARTÍNEZ

El capítulo 13 del evangelio de San Juan comienza diciéndonos que “Jesús sabía que le había llegado la hora de dejar este mundo para ir al Padre” (Jn 13,1). Este proceso de retorno a Dios Padre es a lo que se le llama “glorificación”, “exaltación” o también, “la hora”. Jesús lo anunció a Nicodemo: “Lo mismo que Moisés levantó la serpiente de bronce en el desierto, el Hijo del hombre tiene que ser levantado en alto, para que todo el que crea en él tenga vida eterna” (Jn 3,14-15; ver también Jn 8,28). Este “ser levantado” comprende ser levantado en la cruz, ser levantado de la muerte y ascender de retorno a donde él pertenece.

Este momento, o “la hora”, se realiza hasta que Dios quiere. No se puede precipitar (ver Jn 2,4), ni depende de lo que digan o hagan los enemigos (ver Jn 7,25.30; ver también Jn 8,59; 10,31.39; 11,53). Y cuando Dios quiere, no hay modo de evitarla ni de hacerse a un lado: “Ha llegado la hora en que Dios va a glorificar al Hijo del hombre” (Jn 12,23); “¿Qué es lo que puedo decir? ¿Padre, líbrame de esta hora? De ningún modo; porque he venido precisamente para aceptar esta hora” (Jn 12,27).

Así pues, cuando escuchamos que “Judas, después de recibir el trozo de pan mojado, salió inmediatamente (del cenáculo). Era de noche” (Jn 13,30), ya sabemos para qué salió. Y enseguida Jesús dijo: “Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo y pronto lo glorificará” (Jn 13,31-32). Todo esto quiere decir que, a pesar de que los hijos de las tinieblas (“era de noche”) hagan su parte, urdan su plan, cuando llega la hora de Dios, se realiza lo que Dios quiere, su voluntad. Existen pues, dos niveles de acción: el de los hombres y el de Dios. Si fuera un ludópata apostaría todo, absolutamente todo, a que el plan y la acción de Dios se impone por diez a cero sobre lo que el pobre ser humano conspire.

¿Y cómo adherirnos a la dinámica de Dios, que finalmente se impondrá sobre las torpezas del hombre? “Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros, como yo los he amado” (Jn 13,34). En los evangelios sinópticos encontramos el mandamiento más importante, en el que se basa toda la ley y los profetas y con el que se hereda la vida eterna: el amor a Dios y el amor al prójimo como a sí mismo (ver Mt 22,37-40; Mc 12,29-31; Lc 10,27-28).

Durante la última cena, en el evangelio de San Juan, la medida del amor al prójimo ya no es uno mismo, sino Jesús: “como yo los he amado” (Jn 13,34).  Alguien dirá: “pero eso es para gente beata, persignada y sentimentaloide, ya pasó de moda, es para retrógradas”. El que guste, haga la prueba para ver para qué se necesita más valor, para qué se necesita ser más hombre o mujer, si para amar como Cristo nos amó (ver Jn 13,1), o para odiar, matar, insultar, ser un patán, engreído, farsante, malagradecido, egoístico (ya sé que así no se escribe), ver a los demás por encima del hombro chiquitos y orejones.

Claro que tiene su gracia, su dificultad, auténtico valor y arte, que por un amor mutuo al modo como Cristo nos amó, seamos reconocidos como verdaderos discípulos de Jesús.

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