Catequesis

La Comunión

Por: Raúl Sánchez K.

Celebrar la fe

Doxología final

La plegaria eucarística culmina con la doxología final que entona el sacerdote alzando la hostia y el cáliz: “Por Cristo, con Él y en Él…”, que el pueblo aclama con el “Amén”.

La doxología, del griego doxa, gloria, y logos, discurso, se llama final por ser la última en la celebración, y es una fórmula litúrgica de alabanza y glorificación a Dios en la unidad de su esencia y preferentemente en la Trinidad de Personas divinas.

El Padre Nuestro

Tras la doxología final inicia el Rito de la Comunión, cuyo preámbulo es el Padre Nuestro, que es la oración eucarística por excelencia y que ya desde el siglo IV se tenía como preparatoria para la Comunión.

Los Padres de la Iglesia -San Cipriano, San Ambrosio, San Cirilo de Jerusalén…- advierten la íntima trabazón de la Oración del Señor con la Eucaristía. Ponen énfasis en la petición: “Danos hoy nuestro pan…” No es sólo el “pan de cada día”, es sobre todo el pan que sobrepasa nuestra substancia y nos alimenta para vida eterna. 

El Padre Nuestro es, además, la oración del Reino, para el que nos dispone la Eucaristía.

La Comunión

“En la comunión, precedida por la oración del Señor y de la fracción del pan, los fieles reciben ‘el pan del cielo’ y ‘el cáliz de la salvación’, el Cuerpo y la Sangre de Cristo que se entregó ‘para la vida del mundo’ (Jn 6,51).

Porque este pan y este vino han sido, según la expresión antigua ‘eucaristizados’ (cf. San Justino), ‘llamamos a este alimento Eucaristía y nadie puede tomar parte en él si no cree en la verdad de lo que se enseña entre nosotros, si no ha recibido el baño para el perdón de los pecados y el nuevo nacimiento, y si no vive según los preceptos de Cristo’ (San Justino, Apologia, 1,66)” (Catecismo de la Iglesia Católica, 1355).

Hacer comunidad

“La comunión, como palabra (muy significativa), proviene del griego koinonía. Significa la unión común, que en la Eucaristía debe realizarse del fiel con Cristo, de unos fieles con otros para formar la comunidad de la Iglesia; y la ‘comunión de los santos’ por la cual todos unidos (incluidos nuestros hermanos que ya durmieron en el Señor) celebramos este misterio.

Recuérdese que ya Pablo recordaba esta verdad a los corintios (1Co 10,16-17). Por ello no es justo dejar que sigan en el error tantos fieles que, por falta de instrucción de los pastores, sólo miran la comunión como una recepción individualista del Cuerpo del Señor, para el provecho de su propia alma. Esta espiritualidad egoísta en realidad se aparta de la verdadera vida de Cristo” (Bendijo el pan y lo partió, Carlos Ignacio González, S.J.).

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