Artículos, Escala de Jacob

¿Haces lo que Ella pide?

Por: Cristina Alba Michel

“Jesús quiere instaurar en el mundo la devoción a Mi Inmaculado Corazón”
(María, a los pastorcitos de Fátima; junio 13 de 1917).

1. Desde el Viernes Santo hasta hoy la Santa Madre de Jesús acompaña a sus hijos. Vemos su cercanía con Juan que la recibió en su casa; la imaginamos junto al fogón, acompañada de Lucas, contándole aquellas cosas de la infancia de Jesús que atesoraba en su corazón; la sabemos presente en los acontecimientos después de la Resurrección, con la primera comunidad de los apóstoles y los discípulos, orando con ellos hasta Pentecostés, cuando en el cenáculo imploraba para la Iglesia el Espíritu Santo que ya la llenaba a Ella.

2. La Madre seguía los pasos, logros, vicisitudes y penalidades de la naciente Iglesia; estaba allí para animar a los desanimados, aconsejar a los confundidos, despedir a los viajeros y orar por todos y por cada uno.

Acompañaría a Juan a Éfeso después del martirio de San Pedro y San Pablo(1), donde aún hoy se conserva la Casa de la Virgen María -tradición que se transmitió oralmente de padres a hijos por siglos- y tal vez allí acontecerían la Dormición y Asunción al Cielo.

Otra tradición oral, hoy conservada escrita, dice que cuando Santiago el hermano de Juan partió a España desde Palestina, la Virgen lo despidió con una especial bendición: “Ve, hijo, cumple el mandato del Maestro y por Él te ruego que en aquella ciudad de España en que mayor número de hombres conviertas a la fe, edifiques una Iglesia en mi memoria, como yo te lo mostraré”(2).

3. Predicó Santiago el Evangelio con todo el ardor de su corazón. Poco lograba no obstante, y tras recorrer varias ciudades, en la que hoy se conoce por Zaragoza logró al fin bautizar a ocho hombres.

Desalentado, en la noche se iba por la ribera del río Ebro para orar; una de esas noches tuvo la visión de la Santísima Virgen María sobre un pilar. Ella le indicó: “He aquí, Santiago, el lugar donde edificarás un templo en mi memoria. Mira bien este pilar en que estoy… Alrededor de él harás el altar de la capilla, en este lugar obrará la virtud del Altísimo portentos y maravillas por mi intercesión” para quienes “imploren mi patrocinio”(2).

Madre en todo momento, compañía, consuelo y fortaleza de sus hijos sobre todo en los momentos difíciles.

4. Los hijos también le expresaban su amor, y aún cuando durante los tres primeros siglos la veneración a Ella se incluye dentro del culto a Cristo, un Padre de la Iglesia destaca a María de este modo: “Los profetas te anunciaron y los apóstoles te celebraron con las más altas alabanzas”(3).

Además ya en las catacumbas de finales del siglo II se encuentran imágenes de la Virgen con el Niño, de la Anunciación y de la Epifanía**.

Tal manifestación de la piedad y devoción populares encontraron un punto elevado alrededor de la celebración del Concilio de Éfeso del siglo III, el cual estableció el dogma de la Maternidad Divina de María, confirmando de ese modo lo que el pueblo ya proclamaba con amor y convicción, que María es Madre de Dios, y no cualquier madre sino una muy singular, de altísima santidad, y a partir de entonces surge “oficialmente” en la Iglesia el culto mariano, el cual es la continuación del amor del pueblo de Dios por la Madre del Señor.

5. Este amor se hizo visible a través del arte, de la literatura, de la arquitectura, de las obras de los santos y de la liturgia, así como a través de las numerosas tradiciones locales que en tantos pueblos diseminados por toda la tierra han proliferado junto a capillas, ermitas o las grandes basílicas y santuarios. Desde Oriente y Occidente, al Nuevo Mundo llegó la devoción a María, Madre de Dios. Pero ella deseaba recordarles a los hombres que es Madre suya también. Privilegiadamente, en México-Tepeyac tenemos esa primera gran manifestación de su amor maternal.

6. Es verdad, más tarde, que el catolicismo fue sacudido por grandes y tristes acontecimientos que minaron o eliminaron la fe de muchos, como revoluciones intelectuales, industriales y armadas. Se comenzó a contestar la autoridad de la Iglesia, poco a poco: ya esto se había manifestado con los cismas de Lutero y Enrique VIII, y las múltiples divisiones que continuaron proliferando a partir de entonces. La Santísima Virgen en Laus invita a la conversión, y después en La Salette advierte de este declive de la fe, cuando aparece bañado su rostro en lágrimas ante Maximino y Melania. En efecto, el tono de la Madre cambió, y si recorremos los acontecimientos y sus palabras en Zaragoza y siglos más tarde en el Tepeyac, comparándolos con el tono de las subsecuentes apariciones constatamos el gran alejamiento que de Dios tuvo la humanidad.

Desde aquellas palabras a Juan Diego: “¿No estoy yo aquí, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo?”, hasta sus lamentos y advertencias en La Salette, Fátima, Ámsterdam, Garabandal, Akita, Kibeho -por citar algunas-, han pasado tantas cosas…

7. Es necesario hoy, ante el providencial y bendito resurgimiento de la devoción a María, que recordemos otras palabras de ella pronunciadas también en el Tepeyac: “Ya escuchaste, hijo mío… mi aliento, mi palabra. Ve ya. Hazlo con todo tu esfuerzo. […] Pero es muy necesario que tú vayas, abogues por esto, gracias a ti se realice, se cumpla mi querer, mi voluntad”(4).

Sí, Ella permanece aquí, Madre que siempre acoge, escucha, auxilia, ora, impulsa… Pero los hijos, ¿escuchan y cumplen su querer, su voluntad, que no es otro que lo que Jesús quiere?

Hoy el ejemplo, sigue siendo Juan, el que la acogió en su casa, y el que “ante ella se postró y le dijo: Señora  mía, noble señora, en verdad ya voy, cumpliré tu aliento, tu palabra… yo tu pobre servidor”(4) e hijo muy amado.

(1)San Ireneo de Lyon

(2) http://www.basilicadelpilar.org.ar/index.php/novedades/item/83-historia-de-la-virgen-del-pilar

(3) http://www.medioscan.com/pdf/maria/virgeneniglesiaprimitiva.pdf

(4) Nican Mopohua

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