Comentario al Evangelio

El Buen Pastor

Comentario al Evangelio del IV Domingo de Pascua (Jn 10,27-30)

Por: MONS. LUIS MARTÍN BARRAZA BELTRÁN

Jesús es el Buen Pastor, porque conoce a sus ovejas y ellas lo conocen a él, da la vida por ellas, permanece fiel cuando sus ovejas están en peligro, porque no es un asalariado que sólo le importe su ganancia. Nadie pastorea como él la dignidad de la persona humana.

La imagen del Buen Pastor en el tiempo de Pascua nos permite leer su muerte y resurrección como el modelo de todo pastoreo. El auténtico pastoreo se realiza desde la cruz. Promover integralmente el bien de las personas, lo cual quiere decir trabajar por condiciones de vida digna para los que nos rodean y animarlos en su vocación a la vida eterna, reclama la entrega total de nosotros mismos. La dignidad de la persona, si la vemos desde sus anhelos más profundos reclama liderazgos serios y no sólo “encantadores de serpientes”. Quien no sigue el camino de Jesús será un estafador más.

El pastoreo de Jesús es muy diferente a tantos liderazgos, que más bien crucifican a las ovejas, porque sólo les interesa su “lana”, su “carne”, su “leche” (Ez 34,2-3). El adjetivo “buen” que Jesús antepone a Pastor, le pone un tono de denuncia contra los malos pastores. Él sí es bueno, los demás que lo están escuchando son ladrones y bandidos (Jn 10,1).

El contexto en el que Jesús dice esta parábola, es de polémica con los judíos que lo persiguen porque curó a un ciego de nacimiento en día sábado (cap 9). Sin duda que está oponiendo su pastoreo al de los malos pastores que “no ayudan a las ovejas débiles, ni curan a las enfermas, ni vendan a las que tienen alguna pata rota, ni hacen volver a las que se extravían, ni buscan a las que se pierden, sino que las tratan con dureza y crueldad” (Ez 34,4). Con la forma de hablar de Jesús es muy difícil no pensar en la denuncia de Ezequiel hacia los malos pastores.

Por eso, quien se siente apacentado por él no puede dejar de seguirlo. El texto que meditamos pone el acento en el pastoreo de Jesús desde la experiencia que hacen las ovejas: “no perecerán jamás; nadie las arrebatará de mi manos”. ¿Qué experiencia nos provocan estas palabras de Jesús? Más aún leámoslas desde la pasión y resurrección de Jesús. Entonces no son sólo palabras retóricas bonitas. No son solamente una promesa, sino ya una realidad. Su fidelidad hasta la cruz es la garantía de que no seremos nunca arrancados de su mano. Podríamos volver una y otra vez a estas palabras, para convencernos de ellas, contemplando la garantía de su verdad en las llagas de Cristo resucitado. Jesucristo, todavía, hace resonar con mayor fuerza la elocuencia de estas palabras arrancándolas del corazón de su Padre.

El fundamento de su fidelidad hacia sus ovejas es el amor de su Padre; nos cuida desde el amor que existe entre él y su Padre. El amor de Jesucristo es comunión con Dios su Padre, el cual nos une a él en su Hijo muy amado: “¡Nada podrá separarnos del amor que Dios nos ha mostrado en Cristo Jesús nuestro Señor” (Rom 8,35).

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