Miscelánea

¡Cuidemos el agua… y toda la Creación!

Por: Luis Efrén Tarango Díaz

El agua es el líquido con el que los seres vivos mantenemos con vida nuestros organismos. Humanos, animales y plantas lo necesitamos para vivir, pero en cuestión de cuidar el agua, los humanos somos expertos en no acatar las recomendaciones para que este vital líquido no se desperdicie.

Dejamos llaves abiertas, nos bañamos por largo tiempo, lavamos ropa en pequeñas cantidades, usamos la manguera para lavar vehículos, en fin, un sinnúmero de acciones que llevan al desperdicio del agua. Todo ser humano ha de cuidar del agua y de la creación entera; los que creemos en Dios y nos decimos católicos debemos tomar conciencia muy personal de lo que el Creador nos dio al principio de todo, pues ese todo, toda la creación de Dios está encomendada al hombre, a su resguardo y cuidado. El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia lo entiende como “la tarea de tutelar la armonía y el desarrollo de la Creación” (N. 451).

En estos días de primavera hemos entrado ya a la temporada de calor, que se maximizará los meses de junio, julio y agosto. Por ello el ahorro del agua debe ser tarea de todos los días, de todos los que vivimos en casa. Pero también es deber de todos orar al Dios omnipotente que siga dándonos tan preciado don.

El 15 de mayo celebramos en la Iglesia Católica la memoria litúrgica de San Isidro Labrador, a quien invocamos como el patrono de todos los que se dedican a trabajar la tierra, por ende, su aliado más cercano para que por su intercesión, esos campos rebosen de verde por la lluvia que el buen Dios otorga. En muchos pueblos y ciudades se tiene la venerable costumbre de “sacar de su altar” la imagen del Santo y llevarlo en procesión por los campos y las calles de los pueblos, con las llamadas “Rogativas por la lluvia”, que incluyen salmos, cantos, oraciones propias y preces, así como la celebración de la santa Misa.

Sería conveniente que el domingo cercano a la festividad de San Isidro, las parroquias tuvieran la intención de pedir por la lluvia, sobre todo en la parte de la Oración Universal que se hace después del Credo.

San Isidro Labrador

Fue hijo de campesinos sumamente pobres que no pudieron enviar a su hijo a la escuela. En casa le enseñaron a tener temor a ofender a Dios, gran amor de caridad hacia el prójimo y un enorme aprecio por la oración, la Misa y la Comunión.

Huérfano a la edad de diez años, Isidro se empleó como peón de campo, cerca de Madrid. Allí pasó muchos años labrando las tierras, cultivando y cosechando. Se casó con una campesina que también llegó a ser santa y ahora se llama Santa María de la Cabeza (no porque ese fuera su apellido, sino porque su cabeza es sacada en procesión en rogativas, cuando pasan muchos meses sin llover).

Isidro se levantaba muy de madrugada y empezaba su día de trabajo asistiendo a Misa. Lo que ganaba como jornalero, Isidro lo distribuía en tres partes: templo, los pobres y su familia (él, su esposa y su hijito). Un día mientras ellos corrían por el campo, dejaron al niñito junto a un profundo pozo de sacar agua y en un movimiento brusco del chiquitín, la canasta donde estaba dio vuelta y cayó dentro del hoyo. Alcanzaron a ver esto los dos esposos y corrieron junto al pozo, pero este era muy profundo y no había cómo rescatar al hijo. Entonces se arrodillaron a rezar con toda fe y las aguas de aquel aljibe fueron subiendo y apareció la canasta con el niño y a este no le había sucedido ningún mal. No se cansaron nunca de dar gracias a Dios por tan admirable prodigio.

En el año 1130 sintiendo que se iba a morir hizo humilde confesión de sus pecados y recomendando a sus familiares y amigos que tuvieran mucho amor a Dios y mucha caridad con el prójimo, murió santamente.



Oración para pedir la lluvia

“Señor, abre manantiales y torrentes” (Sal 74)

Dios Padre nuestro, Señor del cielo y de la tierra, Tú eres para nosotros existencia, energía y vida. Tú has creado al hombre a tu imagen y semejanza, para que con su trabajo haga fructificar las riquezas de la tierra, colaborando así con tu creación.

Somos conscientes de nuestra miseria y debilidad. Nada podemos sin ti. Tú, Padre bueno, que haces brillar el sol sobre todos y haces caer la lluvia, ten compasión de cuantos sufren durante la sequía en estos días. Escucha con bondad las oraciones que tu Iglesia te dirige con confianza, como escuchaste las súplicas del profeta Elías, que intercedía a favor de su Pueblo. Haz que caiga del cielo sobre la tierra árida, la lluvia tan deseada, para que renazcan los frutos y se salven los hombres y los animales.

Que la lluvia sea para nosotros el signo de tu gracia y bendición. Así, confortados por tu misericordia, te rendimos gracias por todo don de la tierra y del cielo, con que tu espíritu satisfaga nuestra sed.

Por Jesucristo, Tu Hijo, que nos ha revelado tu amor, Fuente de Agua Viva que brota hasta la vida eterna. Amén.

(Oración compuesta por el Papa San Pablo VI)

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