Santo de la Semana

San Luciano

Nació en Samosata (Siria) hacia el año 240 en una rica familia cristiana que le enseĄó la fe y el amor a las letras. Huérfano a los 12 años, dejó sus bienes a los pobres y marchó a la vecina ciudad de Edesa (Mesopotamia, hoy territorio iraquí), para estudiar en la célebre escuela de Macario, donde se distinguió en retórica, filosofía y el estudio de la Sagrada Escritura.

Luciano fue ordenado presbítero en Antioquía (Siria) y persuadido de que su deber sacerdotal consistía en entregarse totalmente al servicio de Dios y al bien del prójimo, no se contentó con predicar sólo con la palabra sino también con la práctica de la virtud.

Se le considera fundador de una Didaskaleion (escuela), en que emprendió una revisión de todo el Antiguo y Nuevo Testamento para corregir los errores debidos, entre otras causas, a la falta de atención de los copistas; así, gracias a sus conocimientos de hebreo, pudo realizar las correcciones a partir del texto original para su traducción al griego, trabajo que fue muy estimado y resultó de gran utilidad para que San Jerónimo elaborara La Vulgata, es decir, la Biblia en latín.

Cuando el patriarca de Antioquía Pablo de Samosata fue acusado de herejía y depuesto, también Luciano cayó bajo sospecha de herejía y fue condenado, excomulgado y exiliado. Pero hecha la paz, en 285 volvió a la comunión eclesial. 

Durante la persecución de Diocleciano (284-305), Luciano fue arrestado el aĄo 303 en Antioquía y enviado a Nicomedia (actual Izmit, Turquía), donde sufrió una larga prisión por la fe.

“Todos los mártires te saludan. Te comunico que el sacerdote Antimo (obispo de Nicomedia) ha sido martirizado”, escribió desde su mazmorra ese mismo aĄo 303, pero el historiador Eusebio de Cesarea seĄala que Luciano obtuvo la corona del martirio después de la muerte de San Pedro de Alejandría el aĄo 311, de suerte que su prisión parece haber durado nueve aĄos más.

Citado dos veces a examen, se defendió él mismo y rehusó renunciar a la fe expresando a cada interpelación con un simple: “soy cristiano”, porque “sabía perfectamente que en semejantes certámenes no es útil la retórica, sino que lo necesario es la fe. No hay necesidad de agudos argumentos sino de un alma amante de Dios”, escribió San Juan Crisóstomo del mártir en un panegírico.

Fue privado de todo alimento las últimas dos semanas de su vida y medio muerto fue llevado al potro, terminando su gloriosa carrera en la prisión, ya sea por hambre o bien por la espada el 7 de enero del aĄo 312.

En sus actas se cuentan muchos de sus milagros y la leyenda narra que su cuerpo fue arrojado al mar y devuelto a tierra por un delfín, dándosele cristiana sepultura en Drepanum (ciudad renombrada más tarde como Helenópolis en honor a Helena, madre de Constantino el Grande), donde también se erigió una basílica en su honor.

Su conmemoración litúrgica se inscribe el 7 de enero.

San Luciano de Antioquía

(240-312)

Presbítero de la Iglesia de Antioquía y mártir, ilustre por su doctrina, elocuencia y piedad austera. Influyente teólogo, fundó en Antioquía una escuela en que formó a muchos escritores en su método de exégesis, que era exigente y correcto en sí mismo, trabajando además seriamente en la restitución del texto de las Sagradas Escrituras que resultó de gran utilidad para que San Jerónimo elaborar La Vulgata.

Fue llevado ante el tribunal en la ciudad de Nicomedia, en Bitinia, donde  en medio de continuos interrogatorios acompaĄados de tormentos se mantuvo intrépido en confesarse cristiano hasta la muerte.

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